emprender éxito logros

Siempre consideré que el éxito es un camino, jamás un destino. Esto es algo que aprendí de muy joven y en consecuencia siempre respeté el principio de que el proceso siempre será mucho más importante que el resultado final, ya que el éxito es justo eso: el proceso.

Hoy, para una sociedad resultadista y simplista, el éxito se mide por resultados finales, sin tener en cuenta la manera en que se logró ese final del partido, como si ganar fuera lo importante, a costa de cualquier cosa. Nos duele y empatizamos con el dolor que siente quien sufre la traición que a veces hay detrás de los aparentes logros.

Vamos al cine y vemos que tras el éxito que persigue “Balerina” está la crueldad de quien quiere acabar con su carrera para destacar. Nos duele saber que existen políticos que se jactan de su poder y toman decisiones que definen el rumbo de un país, sin haber dado jamás un palo al agua. En una sociedad donde el resultado final es envidiable, no me extraña que confundamos con demasiada facilidad éxito con resultado. Y es que no vale ganar a cualquier precio.

Me cuesta trabajo entender por qué no nos duele de igual manera cuando vemos que una peluquera se va de la peluquería donde le dieron su primera oportunidad, donde aprendió y donde creció profesionalmente y le fue depositada la confianza, y se lleva tras de sí una lista de clientes a su “nuevo negocio”.

Lo que más me sorprende es la desfachatez de sus palabras al decir que está “empezando de cero”. Confundiendo y haciendo creer a los demás que les rodea que esos “eran sus clientes”. Robar se ha convertido en una manera habitual de emprender y de “tener éxito”.

Montar gallineros robando las gallinas del gallinero donde te dieron de comer es una manera ruin de aparentar éxito. Siento una profunda compasión por quienes proclaman un sueño “de repente” mostrando tras de sus frías miradas la certeza de que solo están disfrutando de lo que robaron para crear su espacio de éxito. Quizá les falta entender la lección mas profunda en esto de tener éxito. Y es que lo que no sabes crear no lo sabes mantener.

El fracaso es cuestión de tiempo. Hace muchos años escuché a uno de mis oradores preferidos preguntar en una sala repleta de gente: Si el tiempo y el dinero no fueran un impedimento para ti, ¿qué harías? Un joven, de esos que llamamos “niños de papá” respondió: “Yo ya tengo tiempo y dinero”. A lo que mi amigo respondió con total dureza:

“Entonces solo te falta una cosa, la satisfacción de haberlo logrado tú”. La sensación de empoderamiento que produce el éxito del resultado sin el precio del proceso es tan efímero que a duras penas esos emprendimientos duran un par de años.

Podemos verlo en nuestras respectivas ciudades, donde abren y cierran locales como quienes pintan grafitis y los borran a final de mes. El problema es que ese empoderamiento les hace “morder la mano que les dio de comer” y olvidan demasiado rápido el nombre de la fuente que les calmó la sed por años. Aparece el desagradecimiento hacia las manos que le llevaron hasta el punto en que se sintieron todopoderosos para atreverse a “emprender”, o mejor dicho a quitarse el miedo de robar y ajustar su consciencia para encontrar unas palabras que les dejen medio dormir por las noches y que justifiquen su aparente éxito.

Un escudo perfecto es disfrazarse de “espiritualoides”, con pensamientos metafísicos y plagando sus redes sociales de unas reflexiones que ni el Dalai Lama las pilla. Los sueños no se cumplen robando, se cumplen trabajando de manera ética y moral… y legal claro.

Todo lo demás es temporal; todo se acaba, simplemente porque quien se encuentra con un premio que nunca trabajó, lo pierde con facilidad. Lo vemos a cada rato con loterías y premios, herencias que aparecen y desaparecen en pocos años, dejando al “afortunado” más pobre de lo que eran antes de su “suerte”. Emprender es una competencia, que requiere conocimientos, habilidades y capacidades. Es una manera de pensar y quien emprende con mentalidad de escasez, de empleado o de ladronzuelo barriobajero, jamás llegará mas lejos que el lugar donde proclamó el éxito de su logro.

Sueño con un mundo donde la moral reine y la ética impere en los negocios, en el que emprender sea un viaje de crecimiento, donde solo la valentía quepa. Donde el honor sea de nuevo un pilar fundamental o donde llevarse unos polvorones en los bolsillos robándolos de tu empresa esté mal visto. Donde hacer fotocopias a espaldas de tu jefe se considere robar y donde montar un negocio a costa del esfuerzo de quien te enseñó sea un acto de vandalismo.

Sueño con un mundo lleno de emprendedores que emprendan porque saben emprender, porque quieren aprender, porque tienen un sueño de verdad y están dispuestos a “partirse la cara” por él sin necesidad de violar los principios de la confianza, del respeto y de la admiración.

Imágenes cedidas: Rachel Martin on Unsplash