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A estas alturas, prácticamente nadie se atreve a cuestionar que la venta directa ha salido fortalecida de esta crisis, aunque también es cierto que podríamos presionar la tecla de las comillas hasta quedarnos sin huella dactilar para matizar esta afirmación. ¿Ha ganado cuota con respecto a otros canales de la distribución? Sí, sin duda.

¿Tiene sentido ya comparar datos actuales con los de la era pre-Covid19? Por supuesto, con la correspondiente moderación y el pertinente rigor analítico (a principios de mayo, nosotros mismos apuntábamos un incremento en las ventas del 16%, con respecto a 2019, durante los meses de marzo y abril). ¿Podemos esperar un camino de rosas de aquí en adelante? No, en absoluto.

A lo largo de los últimos meses, los dichosos semáforos sanitarios no han dejado de poner de manifiesto la fragilidad de la venta directa, la volatilidad del On The Books, el auge del incómodo concepto de “Staycation” (lo siento, pero es que no puedo con este término). Para bien y para mal, en el escenario en el que nos toca actuar ahora, seguimos compartiendo reparto con la incertidumbre, los intereses políticos y las restricciones a la movilidad.

Hoy podemos ser verdes, pero nadie nos garantiza que mañana no nos tachen de ámbar, como le sucedió a Portugal y, más recientemente, a las Islas Baleares. Decisiones que, para colmo, no parecen atender exclusivamente a criterios sanitarios. Y precisamente porque ahora el canal directo tiene más peso que antes, no podemos relajarnos, ni bajar la guardia. Vivimos en un permanente estado de sentimientos enfrentados.

La crisis no entiende de países: todos barren para casa

El nivel de vacunación parece avanzar, por fin, a un ritmo razonable. En España, que no se sitúa, ni mucho menos, a la cabeza de las listas, casi el 50% de la población ha recibido ya el ciclo completo de vacunación. Un dato que, unido al progresivo descenso de la letalidad del virus y de la presión hospitalaria (a pesar del incremento de la incidencia acumulada), y a nuestra públicamente declarada permisividad fronteriza, han favorecido la paulatina reapertura de muchos establecimientos, convirtiendo nuestro país en un preciado objeto de deseo para los viajeros. Entonces, ¿empezamos ya a frotarnos las manos? Salvo que nos refiramos a aplicarnos gel hidroalcohólico, me temo que no.

A esta realidad se enfrenta otra bien distinta. Y es que el virus, la crisis, no entiende de países. Mientras nuestro gobierno se ha mostrado dispuesto en todo momento a recibir turistas procedentes de nuestros principales mercados emisores, algunos de ellos, como el británico, el francés o el alemán, se han afanado en disfrazarnos de destino “no seguro”.

Han desrecomendando visitarnos, han impuesto rígidos protocolos de salida y entrada, prácticamente insalvables para el común de los mortales, han llegado incluso a amenazar con cuantiosas multas en caso de incumplimiento. Todo para, en última instancia, terminar invitando a los suyos a disfrutar del turismo doméstico, a redescubrir las bondades de su tierra. En definitiva, lo que, de toda la vida, viene siendo barrer para casa.

Lo grave, sin embargo, no es tanto el hecho de que se muestren determinados a actuar de esta o aquella manera, sino la permanente ambivalencia, el constante juego de intereses, esa falta de claridad que impide a los distintos players implicados (destinos, hoteles, aerolíneas, agencias, turoperadores, OTAs, etc.) planificarse y organizarse debidamente. Que se lo digan a Canarias o Baleares, que siguen aún a la espera de los sonados corredores sanitarios, mientras ven como importantes turoperadores vuelven a suspender su actividad hacia las islas.

Si aprovechamos nuestra ventaja y aplicamos lo aprendido, no todo está perdido

Hemos superado un año muy duro, durísimo, pero en el que también hemos estado sometidos a un aprendizaje intensivo. Todos, alojamientos turísticos y proveedores tecnológicos. En 2020, inicialmente creímos que esto no iba con nosotros, que registraríamos “uno o dos casos”. Después vinieron las cancelaciones. Más tarde la caída de la demanda. Luego los cierres, la desescalada, las reaperturas.

Y durante todo ese proceso, fuimos adaptándonos, desarrollando soluciones destinadas a mitigar el impacto de cada nuevo obstáculo: check in online, desplazamiento de cancelaciones, sistema de cobros, tarifas reemBONOsables, aprovechamiento de los bonos turísticos, etc. Esto es una carrera de fondo, de desgaste, que aún no ha terminado, pero en la que sigue mereciendo la pena darlo todo, ahora que la meta está tan cerca. De hecho, recientemente anunciábamos la incorporación de la “PCR en destino” como servicio adicional en nuestro motor de reservas, del que ya están haciendo uso cadenas como Casual Hoteles. Otra valla sorteada, otro recurso a disposición de los hoteles.

Con la turoperación tradicional muy debilitada, la venta minorista prácticamente fuera de juego, la intermediación dando palos de ciego, el turismo doméstico en auge y los hoteles erigiéndose como el ente que mayor confianza aporta y mejores condiciones ofrece, se trata de una oportunidad única para asentar esta tendencia de crecimiento de la venta directa, para sacar rédito de la labor de fidelización llevada a cabo, para rentabilizar la sangre, el sudor y las lágrimas vertidas, y conseguir, en definitiva, que deje de hablarse de cambio circunstancial y pase a hablarse de cambio de paradigma.

En nosotros está el no tropezar de nuevo con la misma piedra, por mucho que otros se empeñen en ponerla permanentemente en nuestro camino.

Imágenes cedidas: Jairph en Unsplash

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