La idea central de este post surgió, un buen día, hablado con mi compañero Mariano Torres. ¿Dan los destinos turísticos toda la importancia que deberían a la inmersión del turista? Al analizar el concepto de experiencia del viaje que actualmente se trabaja desde los destinos, vemos que realmente sirve de nexo de unión entre el turista y una experiencia auténtica. Desde mi humilde opinión, somos algo demagogos al respecto ya que, en esa parte auténtica y entrañable de la tradición de un destino, no siempre se tiene en cuenta la figura del turista.
Cuando hablamos de personalizar la experiencia no entiendo esto como una fábrica en serie. Porque nos pensamos que añadiendo el check-out o haciendo una ruta de la tapa personalizamos algo. Lo que quiero decir es que la experiencia debería ser única y especial de verdad. Quiero visitar un lugar, quiero que me lo enseñe alguien de allí y quiero ser parte activa de lo que allí está ocurriendo.
Seguro que os ha pasado muchas veces. El acceso a vivir la fiesta, la tradición o la cultura de un lugar es complicado. No quiero decir con esto que, para vivir la fiesta taurina, haya que vestirse de luces y lanzarse al ruedo, sino formar parte de una charanga, entender por qué se sacan los pañuelos y saber qué ocurre cuando se toca “Paquito el chocolatero”. Al menos en mi pueblo siempre se hace el moñas más de lo normal.
Cuando vendemos tradición debemos venderla de verdad, permitir al turista ser parte activa. Seguro que mucha gente se estará echando las manos a la cabeza, ya que hay que guardar las distancias en determinadas tradiciones, pero cuando de verdad quieres que algo se entienda, debes explicarlo y practicarlo. Si no, luego pasa que en alguna película americana ves escenas de los San Fermines en plena Semana Santa.
Aquí es cuando aparece la duda: ¿comercializar o ser una ventaja competitiva respecto a otros lugares? No está de más cuidar al turista. Hacer un paso de Semana Santa aquellos sensibilizados con la religión, una caseta en plena feria de Sevilla previo paso por la oficina de turismo, una escuadra en Moros y Cristianos  o facilitar el vestirse de romanos a un grupo en el Arde Lucus de Lugo.
No estoy pensando en ultrajar, comercializar y expoliar tradiciones, sino buscar un hueco a esa gente que visita un lugar con la ilusión de vivirlo y formar parte, pero no como espectador, sino como parte activa.
¿Confías todavía que enriquecer la experiencia consiste en esconder la chocolatina debajo de la almohada?